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martes, 18 de septiembre de 2012

Amor


Amar a un ser humano es ayudarle a ser libre. Ramayat

¿Qué mejor ofrenda hacia alguien que amamos que apoyar su libertad?, ¿de qué clase de libertad se trata?, ¿acaso de una libertad superficial que le permita hacer lo que nos molesta porque decimos que no nos importa?, ¿o más bi
en se trata de facilitar la liberación de las ataduras, posibilitando su éxito e independencia?

Cuando tratamos soterradamente de que nuestros seres queridos nos “necesiten”, lo que estamos es anulando su autonomía y su independencia. La “necesidad” de algo o alguien es un estado mental que priva de opciones y señala esclavitud y dependencia. Si en vez de manipular, para que nuestro ser amado nos “necesite”, logramos que nos “prefiera”, o simplemente que nos “elija”, estaremos dando un gran paso, el paso que va de la atadura a una voluntad libre que opta.


A menudo, y para asegurar que se nos quiera, ayudamos dando un pez cada día, en vez de entregar una caña de pescar completa. Sucede que, en nombre de la ayuda manipuladora, nos hacemos indispensables al otro para que no pueda ganarse la vida y vuele por su propia cuenta. Una manera muy sutil de enredar a una persona y hacerla orbitar a nuestro alrededor de forma parásita.


En realidad, el sentimiento noble tiene más que ver con el ofrecimiento de autonomía y desarrollo que con el propio mantenimiento de posiciones privilegiadas. La esclavitud habla de ignorancia y por ello, cuanto más conocimiento e información ofrece uno, más libertad regala. El conocimiento permite tomar decisiones bien informadas y aumentar nuestra prosperidad, mientras nos desenganchamos de dependencias pasadas. El desarrollo personal permite gestionar nuestra vida y hacer cesar el sufrimiento que produce la ignorancia. ¿Cabe mejor ofrenda?


El conocimiento de una persona no se basa en simples datos, sino en algo más integral que libera al ser humano, tanto de la escasez como de sus propias miserias. El desarrollo de la inteligencia y el cultivo del alma propician una confianza que no se basa en la presencia de nadie en concreto, ni en nada a lo que uno se aferra. Cuando trabajamos nuestro interior, sabemos que nadie nos va a regalar la felicidad, sino que más bien depende de la relación con uno mismo y la amplitud de consciencia alcanzada. Se trata de una transformación hacia la libertad que no tiene tanto que ver con la ausencia de cadenas externas, como con la maduración y sentimiento de trascendencia.


Si se apoya a todo ser humano en el desarrollo de su mente y en el cultivo de la sensibilidad interna, se dispondrá de más opciones para lograr el bienestar y la paz duradera. ¿Acaso existe mejor regalo que aprender a generar la dicha propia?, ¿cabe mejor ofrenda a los seres que uno ama?


Facilitar el método y la energía al ser que comparte nuestras horas, es una forma de amar que no sólo dota de posibilidades, sino de todo un mapa para desplegar ideas más amplias y liberadoras. Cuando una persona se abre a la expansión que ofrecemos con nuestro abrazo del alma, recibe un regalo sin precio. Recibe el código de la salida del miedo y las claves del despertar de su consciencia. Amar es compartir la medicina que nos ha liberado y ofrecer aquello que nos dio más poder y templanza. Amar es regalar la llama que un día se encendió en lo alto de la montaña y compartirla  en conversaciones cotidianas.


José María Doria, de su libro "Inteligencia del Alma"

miércoles, 16 de mayo de 2012

Alegría

Dormía y soñaba que la vida no era más que alegría. Desperté y vi que la vida no era más que servir. Serví y vi que servir era la alegría. - Rabindranath Tagore.

¿Existe algo más deseable que la alegría sin causa? 

¿Alegría sin causa? Sí, sin causa. La alegría entendida como un estado de conciencia que no depende de condiciones externas y ajenas. Un estado lúcido y chispeante que parece brotar desde el alma sin referencias mentales ni promesas vanas. Se trata de vitalidad cristalina que se expresa cálida en el latir de todas y cada una de las células. La “alegría sin causa” es una llama tan íntima y sutil que cualquier frustración o desengaño, ni la ensombrece ni la apaga. 

Mientras que tal alegría incondicionada se despliega desde muy dentro, existen otros estados de excitación que también llamamos alegría, totalmente condicionados por el rumbo de las cosas. Se trata de niveles de ánimo que, al depender de factores externos, lejos de afirmarse como estables, oscilan en la marea emocional, afectados por el vaivén de sus opuestos, la euforia y la tristeza.

La “alegría sin causa” no tiene opuesto en el péndulo porque la fuente de la que se nutre es la mano que sostiene la balanza. Cuando aflora, señala la coherencia de la vida diaria con el propósito central que da sentido a nuestra existencia. ¿Conoce usted el propósito de su vida?, ¿se formula alguna vez tal pregunta? El hecho de saber que estamos realizando el propósito por el que sentimos estar vivos, no es banal. Saberse inmerso en él, produce un nivel de alegría capaz de permanecer por encima de muchas penas y pérdidas que encogen nuestro corazón en el camino de la vida.

A veces, nuestro propósito consiste en gozar sirviendo al alivio de los demás seres y en ser útiles al desarrollo y bienestar de las personas. ¿Cómo se sintió, por ejemplo, el inventor de la penicilina al descubrir semejante bien para generaciones venideras? Tal vez, sabemos que aquello que hemos encontrado de valioso y reparador merece ser compartido y devuelto a todo ser que a nuestro lado pasa. Muchas personas, con una vida exclusivamente prosaica, tras enfrentar una no casual crisis que todo lo desmantela, despiertan a valores que los tornan sensibles a la compasión y la ayuda de los que menos esperan. Son seres que ya oyen ecos de sus almas señalando cómo servir al otro y apoyar lo que éste anhela. Se diría que tienen un sentido afinado para captar las profundidades de las personas que conectan. Seres que, desde pequeños, sienten la tendencia de servir a los seres vivos en el alivio de sus dolores, haciendo más llevaderas sus cargas muchas veces subterráneas y silenciosas. A base de expresar lo que de sus corazones brota, van descubriendo un sentido en la vida que anhela satisfacer la vocación de servicio al alivio del malestar y al cultivo de una paz hermanada.

Son personas que, aunque sus rostros no tengan arrugas, a veces, parecen muy viejas. Su sentido del dolor humano y la facilidad con que se ponen en el lugar de otras, las convierte en benefactoras anónimas en permanente servicio, algo que les supone la razón de ser de sus vidas. Se trata de los “nuevos servidores del mundo”, personas que más parecen haber caído de alguna estrella. Casi todo el mundo conoce una y también casi todos esperan de ellos la energía que desprende la lucidez de sus miradas. Si alguien les formula, ¿qué sentido tiene para ti la vida?, lejos de responder conceptos típicos como placer, fama y riqueza, contestan unánimes que servir es su alegría, servir de una y mil formas, ayudando a progresar a todos aquellos que pasan, no casualmente, por sus vidas.

José María Doria, de su libro Inteligencia del Alma

domingo, 11 de marzo de 2012

Libertad

El camino de la libertad consiste en desviar el énfasis de la persona superficial y variable al Testigo interior y siempre presente. - Nisargadatta.

¿Podemos apoyarnos en algo que cambia constantemente?, ¿podemos confiar en aquello que está sometido a cambio permanente?, ¿a qué nos podemos asir cuando la corriente del río nos arrastra? Se supone que tan sólo puede sostenernos algo que permanezca inmutable y no cambie.

El mar se mueve agitado en las superficies y sin embargo, a mayor profundidad, el movimiento es cada vez más tenue e imperceptible. En la conciencia de ser humano sucede lo mismo, cuanto más agitados estamos, más superficial es el nivel en el que nos encontramos. Por ejemplo, cuantas más diferencias vemos en los demás, en sus rasgos físicos, psicológicos y culturales, más en la superficie se encuentra el área del yo que distingue y diferencia. Por el contrario, en el momento en el que se ahonda hacia las capas de cebolla más profundas, los rasgos diferenciados dejan de tener tanto “peso” en la consciencia y sin embargo, los elementos comunes se tornan más visibles, algo que puede suceder cuando por ejemplo mirando a otro, vemos simplemente a un alma humana de este planeta. En ese estado de conciencia más profundo se vislumbra la unidad en la diversidad.

La experiencia de observación que nuestro testigo interno tiene al darse cuenta del flujo cambiante del vivir, es la misma en todos los seres humanos. En realidad, lo que cambia no es el veedor, sino lo visto. Los objetos vistos, es decir, todo lo que uno es capaz de ver y contemplar, aparecen y desparecen en la pantalla de la consciencia, pero no suponen lo inamovible y absoluto de nuestra existencia. Si vivimos identificados en la persona superficial y cambiante, subiremos y bajaremos por las olas de sus ritmos y corrientes. Lo único que puede servirnos de referencia y refugio es lo que no cambia, es decir, lo Absoluto. Y Eso está a nuestra disposición, simplemente deviniendo conscientes de esa mano inmutable que sostiene el péndulo mental y que, en realidad, supone nuestra verdadera identidad.

Cuando se va al cine, uno es espectador de una película cuyas imágenes están en cambio constante. El seguimiento atento de tales imágenes nos hace brotar rapidísimas emociones de agrado o desagrado. Y también comprobamos que tras salir del cine, aquellas imágenes ya se han esfumado efímeras. Miramos la calle, los rostros de los que pasan y cada estímulo visual sigue produciendo otras emociones y otras ideas. En realidad, la película mental sigue dentro y fuera del cine, tanto en soledad con nuestros propios pensamientos, como en compañía de otras personas.

¿Cuál es el elemento que no ha cambiado en todas las escenas, tanto las de dentro del cine como las de fuera de él?, ¿qué es lo que ha permanecido siempre igual?, ¿qué podemos considerar como absoluto dentro de esta corriente de relatividades y cambios que suceden en nuestra mente?

Sin duda, el Yo-Observación, el Testigo de todas esas experiencias y de todas las películas. El Yo que no cambia porque no es él quien piensa, sino que tan sólo observa a su mente cómo piensa. El Testigo que no siente, sino que observa lo que su cuerpo siente, el que no se implica, ni se confunde con lo “visto”. Un elemento neutral, la Consciencia, el Yo Soy que no crea contenidos, sino que tan sólo contempla la creación de contenidos. Una realidad que supondrá el próximo paso evolutivo de la humanidad: La identificación con el Ojo que ve, el Sujeto por excelencia. En este sentido, a la histórica pregunta, ¿quién soy?, algunos lúcidos responden: Un Océano de percepción consciente.

José María Doria, de su libro Inteligencia del Alma

martes, 21 de febrero de 2012

Confianza

Nunca se da tanto como cuando se da seguridad y confianza. - Anatole France.

La mente humana suele tender a anticipar desgracias. Y sucede que cuando sufrimos antes de lo necesario, sufrimos más de lo necesario. Las estadísticas afirman que el noventa por ciento de nuestros sufrimientos los causan cosas anticipatorias que no han sucedido ni van a suceder. Si uno observa su mente, comprobará que funciona de manera fugaz e inquieta. Se mueve yendo y viniendo entre el pasado y el futuro y discurre rápida entre los polos de la antelación y la memoria. Pero tal función no tiene por qué conllevar la anticipación sufridora que, a menudo, tortura a muchas personas.

La mente cuida de nuestro cuerpo, revisando velozmente registros pasados, a la vez que los proyecta en sucesos por venir. Una función que, aunque nos protege de peligros y previene riesgos, puede generar pensamientos infundados acerca de desgracias venideras. No tenemos más que el presente. El estado de pre-ocupación es estéril, ya que lo apropiado es ocuparse, no pre-ocuparse que es lo mismo que ocuparse antes de tiempo. Recordemos que somos más felices y eficaces creando soluciones que dando vueltas en torno a los problemas. Entretanto, ¿qué mejor que abrir el corazón a la esperanza?.

Una mente que procesa el problema, que se acerca una y otra vez a éste y no crea soluciones, es una mente incompetente e incompleta. Una mente sana observa el problema y, rápidamente, lo suelta para reorientarse de inmediato hacia el vislumbre de las soluciones que correspondan. El miedo y la tensión, tan sólo cumplen su verdadera misión cuando movilizan la inteligencia hacia la acción que convenga. Mantengamos la atención para no “engancharnos” al problema, ya que una vez “visto” éste, donde realmente tenemos que poner nuestra visión es en las soluciones certeras. No miremos tanto al veneno como al antídoto. Y, si al principio éste no se ve, tal ausencia no quiere decir nada. Por el mero hecho de “mirar” dicho espacio, los remedios y soluciones aparecerán progresivamente en la consciencia. Aquello en lo que uno enfoca su atención tiende a crecer, se trate de solución o se trate de problema. 

Cuando se quiere ayudar a una persona cuya mente se siente amenazada por problemas venideros, lo mejor que puede hacerse es ayudar a dicha mente a que se torne clara y confiada. De esta forma, estará más capacitada para enfrentar las pruebas que se avecinen con ecuanimidad y eficacia.  

Entonces, ¿qué mejor apuesta que fomentar los recursos del ahora? Sin duda, el sentimiento de confianza es la mejor opción de nuestra mente y es el gran rasgo de la inteligencia del alma. La confianza es complicidad y comunión con una sintonía más amplia. La confianza es sintonía con ese Poder tan grande que mueve los átomos y las galaxias. Vivir en la confianza es sentir que, llegado el momento de las encrucijadas, uno sabrá hallar las claves y decidirá lo que entonces haga más falta. La confianza es saber que el tiempo va a favor y que, cada día, nuestra mente es más competente y sabia. Y de la misma forma que el Universo se expande a velocidades infinitas, nosotros también nos abrimos a lo que, en realidad, somos: Observadores del gran regalo de la consciencia.

Recordemos que al final, todo se arregla, y que, en realidad, nunca pasa nada. Además, si uno reflexiona, termina por reconocer que el dolor y las pérdidas pasadas abrieron nuevas avenidas internas por las que se expandió la consciencia. El dolor que tuvimos que soportar, acompañado de pérdidas, vació nuestro ego y “pinchó” ilusiones que nos esclavizaban. Más tarde, cuando las burbujas se desvanecen, sentimos mayor ligereza y vibramos en la sintonía del alma.

José María Doria, de su libro "Inteligencia del Alma"

jueves, 24 de noviembre de 2011

Gratitud

El mejor efecto de las personas exquisitas, se siente después de haber estado en su presencia. Ralf Waldo Emerson.

Cuando un ser exquisito se despide y se aleja, queda flotando en la atmósfera un punto de consciencia que enciende la llama. Se trata de una ola sutil de serenidad y lucidez que se hace evidente al poco rato de su marcha. En realidad, todo ser humano emana una radiación que, como mochila etérea, registra la calidad de sus propias vibraciones y el ropaje de su aura.

Cuando pasa por nuestra vida un ser que ha observado su ego y, que sin demandar afirmación, escucha sin prisa y con la guardia bajada, comprobamos que ya comienzan a existir humanos que han hecho de su mente transparencia. Comprobamos que en contacto con determinados seres, percibimos una suavidad y firmeza que envuelve claves que purifican antiguas heridas de nuestra alma. Se trata de personas que, aunque no hablen directamente acerca de lo que nos pasa, llegan ahí dentro donde había daño, ahí donde nuestro ego herido, se encoge y clama. ¿Acaso se trata de un servidor de la vida que vuelve a casa? Tal vez, es tan sólo la hermandad humana que sabe la clase de medicina que necesitamos para liberar miedos, suavizar aristas y barrer culpas pasadas.

Al cabo de varias horas, cuando uno se detiene y recuerda su presencia, sucede que brota una sonrisa y se respira más hondo, como si algo de suavidad perdurara. Y, aunque no hay razones para sentirse feliz, uno observa sorprendido que su corazón late en una alegría que recuerda al abrazo y a la afinidad del alma, “¿por qué?”, uno se pregunta. Tal vez porque alguien que hizo de su ego una máscara exquisita, nos brindó su aroma y la silente profundidad de su mirada.

Cuando vivimos desde dentro hacia fuera, cuando el dolor nos ha vaciado de prepotencia y ya hemos disuelto nuestras más rígidas corazas, cuando sentimos la inofensividad y la ternura, sabemos que la lucidez está inundando nuestros pozos de oleadas algo más que humanas. En realidad, y en lo profundo, sabemos que es el propio Universo el que nos reconoce y regala.

Y todo este milagro de la comunicación no depende de la conversación, ni de observar si a dicha persona le apetecía saber de nuestra vida, ni de si habla bonito acerca del todo y de la nada. Se trata, tan sólo, de un algo que está más allá de la piel, más allá de los puros cerebros, y casi, de la mismísima alma. Sucede que simplemente la Gracia nos visita, sucede que lo divino y fugaz quiere ser reconocido en el núcleo de nuestra pupila y en los latidos de nuestras más íntimas moradas.

Y tras el adiós de la despedida, mientras se siente el agridulce y sutil regocijo, uno levanta la mirada y pronuncia silenciosamente ¡Gracias! Y de nuevo, algo muy profundo se abre dentro, dispuesto a confiar y vivir con una visión más amplia.

“Gracias” dice uno, tras cerrar la puerta, a veces me visita el ángel con forma humana.

José María Doria, de su libro "Inteligencia del Alma"

domingo, 13 de noviembre de 2011

Apertura

Cuando dejamos de ser el centro dramático de nuestras propias vidas, logramos una expansión que nos da la paz.  Alice A. Bayley.

La vida es un proceso de ampliación progresiva de la propia identidad. En sus comienzos, el yo vive encapsulado dentro de la piel, en un mundo tan prieto que resulta casi imposible ponerse en el lugar de cualquier otra persona. Poco a poco, el impulso evolutivo expande la identidad, y conforme la persona crece y avanza, supera su propia prisión egocéntrica. Cuando se expande el yo-cuerpo-físico del niño, éste se identifica con un yo-familia. Más tarde, sigue expandiéndose a un yo-sociedad en la que vive para llegar un día en que su experiencia de identidad abarca a la Humanidad completa. Se dice que la expansión sigue su proceso hasta culminar en el ser-totalidad, el Universo en esencia.

El camino iniciático que recorre la conciencia hacia la infinitud de un expandido sí mismo conlleva aperturas sucesivas, también llamadas iniciaciones. Cada nivel superior integra los niveles anteriores. En el mundo de la Física se refleja esta ley cuando vemos que los átomos integrados trascienden al nivel mayor de la célula. Asimismo, cuando las células se integran, trascienden al nivel superior u órgano. Y a su vez, éste integrado con otros, es trascendido en un psicocuerpo, y así hasta llegar donde uno quiera. Esta escalera de niveles u holo-arquía se expresa conceptualmente cuando vemos que dos letras integradas conforman una sílaba. Cuando éstas, a su vez, se integran, trascienden a una palabra que a su vez, integrada en otras, trasciende a una frase y a su vez a un párrafo...

Cuanta mayor profundidad y mayor totalidad, mayor es el valor conjunto. A nivel del sí mismo-consciencia pasa lo mismo, es decir, cuanto más amplio y profundo sea el nivel interno alcanzado, más valioso y desarrollado será el yo identidad que uno siente y expresa. Nos expandimos del egocentrismo al mundi-centrismo y de éste, al holocentrismo. El proceso de crecer y expandir significa un camino de vuelta hacia la conciencia de unidad. Un estado final de llegada en el que ya no hay otro. Un proceso que representa la evolución de la conciencia que, partiendo del estado prerracional y preconsciente, pasa por un estado racional y consciente y finalmente, deviene transpersonal y supraconsciente. Tres etapas del desarrollo que aluden al pasado, presente y futuro de la Humanidad completa.

La experiencia dramática que experimentamos al vivir, en realidad, le sucede a nuestro yo-idea, no al Ser transpersonal que en realidad somos en esencia. La dramatización es una cinta teatral que se despliega en la mente de la persona. El hecho de observar a los personajes internos con los que nos hemos identificado y proceder, simplemente, a distanciarse de los mismos, conlleva liberar la identidad Real de sus marionetas. Dejar de creer que uno es sus propios personajes y proceder a observarlos como partes del propio ego, supone separar las máscaras del pequeño “yo persona” y vivir desde un “Yo Testigo” en permanente presencia. Se trata de un centro de la corriente de consciencia que observa a dichos personajes y máscaras. El Ser permanente, absoluto y ecuánime. El que se da cuenta de que su mente prefiere, compara y opina. Es aquel que se da cuenta de los contenidos patrones y modelos que su mente maneja.

Las nubes del cielo vienen y van sin que ello afecte al  disco solar que contempla imperturbado el trasiego de las sombras. De la misma forma, los pensamientos, las emociones, las imágenes y las sensaciones, todos ellos impermanentes, son como tales nubes siempre cambiantes que no afectan al Yo-Observación que como cielo imperturbable, permanece inafectado por sus transitorias presencias. Se trata del Ser esencial que en realidad somos que señala la libertad por excelencia.

José María Doria, de su libro "Inteligencia del Alma"

viernes, 12 de agosto de 2011

Aceptación


Dejo de resistirme a lo que rechazo de mí . También soy eso.  Chandica.

Bajo la máscara de nuestro yo consciente descansa, oculto y reprimido, un variado catálogo de emociones destructivas como a ira, el rencor, los celos... y partes repudiadas o reprimidas que conforman ese territorio arisco e inexplorado que la Psicología denomina sombra. Desde nuestra más tierna infancia, se nos fue indicando que eso que, a veces, sentíamos era “malo”, por lo que no tuvimos más remedio que reprimirlo y ocultarlo en el fondo de nosotros mismos ya que, de otra forma, corríamos el riesgo de ser amenazados por castigos y devaluaciones dolorosas.

Aquellas rabietas y frustraciones que, por una cuestión de edad y desarrollo, no pudimos resolver, fueron sepultándose en el sótano o subconsciente de nuestra mente. Y dado que todavía éramos criaturas emocionales sin casi presencia del discernimiento, cualquier ofensa a nuestra importancia personal hacía aumentar el espacio de nuestra sombra. Cuando, alguna vez, hicimos el ridículo o nos sentimos abandonados, cuando nos culpamos de tener ideas asesinas y suicidas o nos aterrábamos ante la posible pérdida de los seres queridos, cuando sentimos envidia, miedo u odio por seres que paradójicamente amábamos, y no éramos capaces de encajar apropiadamente tales sentimientos, crecía nuestra sombra. Un espacio emocional que, tarde o temprano, aflora al exterior escondido entre las más variadas exageraciones que expresamos en la vida de cada día.

Es por ello que cuando nos veamos exagerando, bien sea por defecto o por exceso, ¡Atención!, eso indica que nuestra sombra está detrás de la escena como una hidra que aflora sus tentáculos y muestra curiosamente qué parcela de uno mismo debe ser revisada y, en su caso, resuelta.

El “disolvente mágico” más terapéutico y eficaz para resolver la sombra es la Luz de la Consciencia. El hecho de observar y examinar, de manera sostenida, todas las ramificaciones que dicha parte reprimida ha desarrollado en nuestra mente subconsciente, transforma sus neuróticas reacciones en opciones voluntarias. Al aceptar la sombra, ensanchamos el ámbito del yo a un territorio cuya integración aporta poder personal y dinamiza el propio proceso de liberación y madurez. En realidad, lo primero que requiere dicho proceso de maduración es reconocer las diferentes partes del yo persona, ya sean bonitas o feas. Se trata de sub-personalidades que nos resistimos a mirar porque, sencillamente, no nos gustan. Una vez reconocidas, conviene pasar a la aceptación del fardo psíquico negativo con el que nos vemos obligados a vivir y del que no somos, en absoluto, culpables. Por último, y a partir de tal reconocimiento y aceptación, conviene proceder a elaborar nuevas y más deseables opciones de pensamiento y conducta.

No podemos seguir creyendo ingenuamente que la virtud se alcanza tapando el vicio. Tal vez, la vida no consista en lograr el bien aislado del mal, sino a pesar de él. Realmente, las únicas personas “malvadas” que pueden existir, son aquellas que se niegan a admitir su propia negatividad. Desde la perspectiva de la consciencia, todos los errores pueden corregirse, excepto los que se cometen de manera inconsciente. De hecho, para la parte “malvada” de la persona, el hecho de ejercitarse en la autoobservación sostenida es como una especie de suicidio. Es por ello que la “medicina mágica” que todo transforma está basada en el observar todas las ramificaciones y móviles de la propia conducta negativa. Se trata de una atestiguación ecuánime sin reproche ni culpa. En realidad, sólo seremos conscientes de que somos Luz sin opuesto cuando seamos capaces de abrazar compasivamente el lado oscuro de nuestra realidad mental y permitir que se ilumine de manera progresiva.

José María Doria, de su libro "Inteligencia del Alma"

lunes, 28 de febrero de 2011

Inspiración

Recuerda: tú, en realidad, no eres la charla que oyes dentro de tu cabeza; eres el Ser que oye esa charla. Bill Harvey

Ken Wilber señala un ejercicio para despertar la el Testigo Consciente que se formula así:

Tengo un cuerpo pero no soy mi cuerpo. Puedo ver y sentir, y lo que se puede ver y sentir no es el auténtico Ser que ve. Mi cuerpo puede estar cansado y excitado, enfermo o sano, sentirse ligero o pesado, y eso no tiene nada que ver con mi yo interior. Tengo un cuerpo y no soy mi cuerpo.

Tengo deseos, pero no soy mis deseos Puedo conocer mis deseos y lo que se puede conocer, no es el auténtico Conocedor. Los deseos van y vienen, flotan en mi conciencia y no afectan a mi yo interior. Tengo deseos, y no soy mis deseos. Tengo emociones pero no soy mis emociones. Puedo percibir y sentir mis emociones y lo que se puede percibir y sentir no es el auténtico Perceptor. Las emociones pasan a través de mí, pero no afectan a mi yo interior. Tengo emociones y no soy mis emociones.

Tengo pensamientos pero no soy mis pensamientos. Puedo conocer e intuir mis pensamientos, y lo que puede ser conocido no es el auténtico Conocedor. Los pensamientos vienen a mí y luego me abandonan, y no afectan a mi yo interior. Tengo pensamientos pero no soy mis pensamientos. Soy lo que queda, un puro centro de percepción consciente.

Un testigo inmóvil de todos esos pensamientos, emociones, sentimientos y deseos.

Las escuelas de crecimiento interior afirman que si una persona, cada mañana al despertar y a lo largo de 40 días, persevera en la formulación de este texto, experimentará cambios extraordinarios en la consciencia de su propia identidad. A los pocos días de practicar se observará capaz de mantener un lúcido estado de sosiego en situaciones que anteriormente se vivían como tensas y agitadas. Y conforme se vayan recitando las palabras haciendo consciente su significado, descubrirá que sus emociones, de aversión y de fascinación, se equilibran y se templan. Tras el período de cuarentena, la persona considerará los extremos emocionales tan sólo como olas periféricas y superficiales de la conciencia. Observará que ha despertado la propia identidad Testigo, un estado desde el cual la vida se contempla de manera más ecuánime, sin perder las risas ni las lágrimas de nuestra calidad interna.

Una vez instalado en el Testigo, sucederá que cuando brote el vaivén de sus luces y sombras, usted será espectador de sus tendencias. Si surge una aversión a ese sentimiento, asimismo será usted veedor del mismo. Si la aversión le provoca a su vez aversión, también observará dicho bucle de fuerzas internas. No hay nada que hacer, pero si surge un hacer, lo presenciará en calma. Al entender que todo ello no es “usted”, ya no rechazará sus aflicciones ni se complacerá en ellas.

Aquello que conoce ciertas cosas, no puede tener en su propia naturaleza ninguna de ellas. Es decir, que si por ejemplo, nuestro ojo fuese de color rojo, no sería capaz de percibir los objetos rojos. Asimismo el pez no es consciente del agua, hasta que salta a la superficie y se da cuenta. Hasta que no saltamos por encima de las mareas del pensamiento y lo observamos, no nos percatamos de que no “somos” el pensamiento, sino el Testigo que lo observa. Hasta que no saltemos fuera del océano de la aflicción, no nos daremos cuenta de que no somos la aflicción, sino el Testigo de esa aflicción. El problema está en que el que ve, se identifica con los instrumentos de la visión.

José María Doria, de su libro "Inteligencia del Alma"

domingo, 24 de octubre de 2010

Voluntad

He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad esta en la forma de subir la escarpada.
Gabriel García Márquez

Nuestra mente lineal se marca objetivos para tener un rumbo y no despistarse en tiempos de tormenta. Una meta sucede a otra mientras el Universo pone en juego recursos que a nuestra voluntad apoyan. Sin embargo, una vez llegados a la cima de la montaña, no tardamos en escudriñar el horizonte tras sentir una fuerza interna que demanda seguir la marcha. Una fuerza por la que comenzamos a mirar otra montaña, a veces más alta y escarpada.

“Veo una meta, la alcanzo, veo otra meta”, dice Sagitario apuntando con su arco, dispuesto a lanzar otra flecha. Cada objetivo es un pretexto para que nuestra mente concrete y movilice partes insospechadas. Al parecer, el ser humano goza optimizando capacidades que su peculiar diseño “trae de fábrica”. Cada cima es un cliché que activa la sensación de ir hacia alguna parte y así, evitar la confusión ante los vientos y las mareas. En realidad, los objetivos y las metas son los grandes pretextos que una parte de nosotros requiere para afirmar sus propósitos en el tipo de vida por el que opta.

Cada ser humano, mientras sube y baja de las muchas cimas de la vida, busca la felicidad que se supone encontrará en cada llegada. Sin embargo, si uno se detiene y se pregunta, ¿qué es la felicidad?, tal vez sepa que ésta es una, pero la manera de encontrarla es realmente variada. Cada persona modela la forma que tiene su cima anhelada. Y esa víspera gozosa de logro amortigua los efectos dolorosos de las tormentas de montaña. Habrá personas para quienes la cima será construir la casa de sus sueños, amplitud, jardines, vistas amplias. Sin embargo, a menudo, lo que en realidad quieren es un lienzo en el que hoy se planta y mañana se adorna, una base sobre la que crear lo que nunca acaba. En realidad, saben que el goce está en el construir, más que en la obra construida.

Otras personas centrarán su cima en el hecho de viajar a diferentes culturas y cuestionar otros puntos de vista. Y en realidad, lo que a menudo desean, es el viaje hacia dentro que los conecte con la paz de la esencia. Algo que puede suceder mientras descubren otras culturas y parlotean en otros idiomas. En realidad, saben que el goce está en el acción de descubrir, no en la cosa ya descubierta.

Para otras personas, la cima será crear, expresar su visión en la familia, en los negocios, en la política o en papeles de fama y riqueza. Pero unos y otros saben que el gozo está de nuevo, en el proceso de llegada, en el cada paso recorrido para finalizar la obra. Otras personas pondrán sus metas en ver crecer a sus hijos, acompañarles en la construcción de sus propias gafas, contemplar la llegada de los nietos y entregarse al ocaso, mientras llega cada nueva alba. Finamente, uno realiza que el goce está en el abrazar, no en lo abrazado, y en el crear vida, no en lo vida creada.

Hay personas que consideran la cima de su montaña como el logro de vivirse en una mente sosegada. Un estado de consciencia desde el que fluir como fluye el río dejando que el océano nos encuentre, mientras damos de beber, lavamos las heridas y regamos los árboles y facilitamos cosechas. Un flujo más allá del tiempo en el que a nuestro paso refrescamos a los que parecen tener la lengua y el alma seca. Una mente sosegada para vivir en paz, tanto en los claros como en la oscuridad de las tormentas. Una mente sosegada para ver más allá de las los valles y de las cimas. Una mente sosegada para atestiguar con ecuanimidad el vaivén de todos los opuestos de la existencia.

José María Doria, de su libro "Inteligencia del Alma"

lunes, 27 de septiembre de 2010

Transformación

"El propio hecho de la observación altera al observador y a lo observado". Heisenberg

En el campo de la Psicología ha habido un gran descubrimiento. Se trata del poder curativo de la consciencia. Una capacidad que señala la gran influencia que en sí mismo tiene el puro darse cuenta. Por ejemplo, cuando somos capaces de “observar” de manera sostenida todos aquellos procesos de conducta que nos traen problemas, producimos transformaciones en el patrón observado que a su vez conllevan nuevas opciones y programas más óptimos de acción futura.

En realidad, se trata de lograr mantener la atención sobre aquellas ideas y mecanismos que nos originan tensión y dolor ya que de esta manera, afloramos y resolvemos las viejas heridas “tapadas”. Así, creamos una sabia y sanadora “distancia”. Una medida que, como terapia sutil, permite nuevas posibilidades en el sosiego del alma. Los grandes místicos y sanadores hindúes confirmaron este principio señalando que un conflicto “observado” es un conflicto resuelto. Y tal vez, desde la perspectiva científica de un Occidente prosaico y racional, uno se pregunte, ¿en qué se basa este axioma?.

Una respuesta a esta pregunta la ofrece la Física Cuántica al afirmar que el sujeto observador, mediante el acto de la simple observación, altera el objeto observado. Cuando, por ejemplo, se “observa” una partícula subatómica sucede que, automáticamente, ésta se ve afectada en su carga y en su órbita por la influencia de dicha observación. Evidentemente, el único contacto que ha existido en este hecho modificador ha sido el campo de consciencia desencadenado con la acción de observar. Y en realidad, observar, en términos de la propia persona, es tan sólo darse cuenta. Un hecho que nada tiene que ver con el pensamiento y sus elucubraciones, sino más bien con el acto instantáneo y neutral de atestiguar lo que pasa.

Cuando uno deviene espectador consciente de sí mismo y logra darse cuenta de sus propias máscaras, cuando indaga en sus reacciones y el modo en que su mente interpreta las cosas, si se da cuenta de la verdadera raíz de aquello que le duele y le inquieta, si pone atención en las justificaciones y autoengaños que su mente maneja, cuando observa los miedos soterrados y los anhelos que su corazón guarda, estará transformando el programa mental que los sustenta. Sucederá que las conductas automáticas se tornarán voluntarias y lo que antes le dolía y frustraba, ahora fluirá con calma.

Y, si además de devenir consciente de los procesos mentales, devenimos conscientes de que somos seres libres, habitantes del Universo, capaces de elegir las opciones que nos convengan y que, cada día, captamos mejor los aspectos más sutiles de las personas, estará naciendo al Testigo, a su verdadera identidad que todo lo observa. Un estado de conciencia análogo al de un espectador que no se identifica con los escenarios, tanto físicos como mentales, en los que se desarrolla su obra. El Testigo es la identidad Real del ser humano, una apertura, un claro Vacío y neutral, absoluto y supramental que, como cielo azul, vive inmutable mas allá de las nubes del pensamiento que, en cada instante, cambian de forma.

Saberse testigo de nuestra pequeña identidad personal y reconocerse como observador de la máscara que uno representa, permite vivirse en todas las opciones que nuestra diversidad demanda. Cuando lo inconsciente deviene consciente por el mágico poder del darse cuenta, todo tiene más sentido y se disfruta de la propia independencia. El viaje más importante de la vida: la gran aventura de la consciencia.

José María Doria, de su libro "Inteligencia del Alma"
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